viernes, 13 de abril de 2012

Recíclame si puedes


En Marzo de 2012 yo era un hombre relativamente concienciado. No había dejado de viajar en avión, por ejemplo, pero antes habría permitido que me descuartizaran con cuatro caballos de Atila, que ir a comprar sin llevar mis bolsas de tela. Había dejado de comprar yogures, bollería industrial y otra serie de cosas, porque llevan interminables e innecesarios envoltorios de plástico y cartón. Procuraba consumir solo las frutas y verduras de la zona en la que vivía, para evitar así las emisiones de dióxido de carbono que provoca el transporte. Mientras tuve coche, lo conduje poco, y, por supuesto, en mi casa se separaba la basura, con la meticulosidad propia del que separa cabello y piojos en las cabezas de sus adorados hijos.





Entonces llegué a Libia. En Libia, por ejemplo, conceptos como vaso de cristal o taza de cerámica son rarezas, lo común son unos vasos de cartón marrones en los que hay dibujos y pone expreso, o los típicos vasos blancos de plástico. Si has pedido café o té, te darán además una cucharilla de plástico. Cada tripolitano toma entre cuatro y cinco mil cafés al día, de modo que haced cuentas.

Luego está el agua; el agua del grifo en principio se puede beber, pero está malísima, así que todos bebemos agua embotellada, otra de las cosas que antaño evitaba en lo posible. Echemos cuentas de nuevo.

O las bolsas. En Trípoli hay tres razas de bolsas de plástico: negras como bolsas de basura, azules como bolsas de basura, y a rayas negras y amarillas como un abejorro desteñido. Las tres son de un tamaño ridículo, estilo farmacia, y sirven para poco una vez que las tienes. Esta semana, sintiéndome ya más seguro con mi mínimo árabe y lo de saber ir por la calle sin perderme, he intentado llevar mis propias bolsas a la compra, no solo por lo de reutilizar, sino porque, dado que hasta los helados de cucurucho te los meten en una bolsa, tengo la casa llena de ellas. El caso es que el tendero en cuestión, al ofrecerle yo la bolsa, me mira, mete lo que he comprado en una de sus bolsas, y mete esta a su vez en la mía. Seguro que así no se me caen los dos limones o el paquete de azúcar.

De separar los residuos, mejor ni hablamos. Desde que empezó la guerra, el servicio de recogida es, digamos, deficiente. Es complicado ahora mismo separar los montones de basura de la acera, con que como para separar el cartón y el cristal.

De fondo a todo esto hay dos cosas: una, que no está el país como para preocuparse del color del contenedor; otra, un comportamiento de nuevos ricos muy claro, tan bien conocido por todos en España. Un ejemplo: hasta no hace tantos años, Trípoli ha tenido muchos problemas de agua, dado que aquí no hay ríos, llover llueve, pero no durante todo el año, y aguas subterráneas o no hay o son de agua salada. Hoy en día existe un enorme acueducto que viaja desde el sur, donde hay un gigantesco acuífero subterráneo, y suministra agua a espuertas. Así, la gente deja el grifo abierto, lava el coche con calma, etc. ¿Os suena?

Conozco aquí a una alemana con la que un día hablé del tema: “como alemana concienciada desde hace años con el tema de la ecología y el reciclaje, es horrible ver cómo se desperdicia todo aquí”. Luego se deja todas las luces de la casa encendidas, para no tener que irlas encendiendo y apagando.

En fin, que aquí al menos cuentan con la excusa de que bastante tienen con lo que tienen, porque vamos, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra biodegradable.

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