La hospitalidad árabe es proverbial, y Libia
no hace sino confirmar el tópico. Si un libio os invita a su casa, ya sea para
comer, cenar o dormir, durante el tiempo que paséis en su casa seréis los amos
del cotarro, y los habitantes del lugar, vuestros sirvientes (o, mejor dicho,
sirvientas, ya que el hombre invita y la mujer trabaja).
A grandes rasgos, la invitación a comer
suele transcurrir así: uno se descalza en la puerta y es conducido al salón,
toma asiento, y se cierra la puerta; al poco rato, alguien llamará, el
anfitrión saldrá, y reaparecerá portando mágicamente una bandeja con dulces,
frutas, té, leche, dátiles, cualquier tipo de aperitivo. Tras pasar algo más de
tiempo, llamarán nuevamente a la puerta, indicando que podemos salir al
comedor.
Al entrar a la casa ya estuvimos en el
comedor, y su mesa (o alfombra) estaba vacía, pero ahora está repleta de comida
y bebida; damos buena cuenta de lo que las mujeres de la casa han preparado, y
volvemos a la sala de estar, cuya puerta cerraremos, y esperaremos
pacientemente a que una mano invisible llame, anunciando la llegada del postre,
generalmente fruta.
Tras un rato de charla, nos retiramos
educadamente, y podremos apreciar que la mesa (o alfombra) del comedor vuelve a
estar despejada, como si nada hubiera pasado. Uno se pregunta si los libios
conviven con mujeres o con elfos domésticos.
Todo esto está muy bien, pero ¿qué pasa si
se da la situación contraria? ¿Qué ocurre cuando el europeo es anfitrión, y los
libios invitados?
Hace un par de días tuve ocasión de
comprobarlo, ya que invité a cenar a mis amigos Ghaleb, Ahmed, Mohamed y Karím.