domingo, 16 de febrero de 2014

Celebrando la Revolución II - Alegría



Era de esperar; si me descuido un poco más, llega el tercer aniversario de la Revolución del 17 de febrero antes de que haya escrito sobre el segundo. Vamos a ello.

Como ya os comenté, me cuesta escribir sobre ello; fue el momento central de varios días muy intensos, inciertos, oscuros y luminosos a la vez. Se rumoreaba un giro drástico en lamarcha del país, a la vez se auguraban grandes fiestas y celebraciones; en general nadie sabía si pasaría algo extraño y, caso de ser así, qué podría pasar exactamente.

Yo no pude sustraerme al ambiente de desconcierto general; además, en lo personal, le daba muchas vueltas a la llegada de un nuevo compañero de piso y de trabajo (Freimann, el Compañero Misterioso que resultaría estar zumbado y ser bastante imbécil), y, por otro lado, no dejaba de pensar en las merecidas vacaciones que me esperaban unos días después. Así, el segundo aniversario de la Revolución vive en mi memoria como un cúmulo de recuerdos desgajados, como si hubiera estado borracho todo el tiempo, aunque, para no variar, ni un mísero chato de vino caté.

El esperado 17 de febrero, en la práctica, se adelantó un día, y lo viví más o menos por toda Trípoli; el sábado día 16, Hamza y yo nos recorrimos media ciudad para intentar cambiar dinares libios por euros.

El dinar libio, a día de hoy, sólo tiene valor en Libia. Fuera del país no hay forma de cambiarlo por otra divisa, salvo quizás en Túnez y Egipto, cuyos ciudadanos vienen a Libia a menudo para trabajar o comprar gasolina, infinitamente más barata.

La cosa es que tampoco resulta fácil obtener divisas extranjeras en Trípoli. El camino más corto sería acercarse al Wall Street libio, unos corrillos de la ciudad vieja donde van y vienen dólares y euros en cantidades industriales; sin embargo, Hamza ve con malos ojos dicha "casa de cambios", así que optó por el camino más largo: dar vueltas por toda la ciudad, y preguntar en todos los bancos que se pusieran a tiro.

De nuestros millones de vueltas en coche os ahorraré los detalles; en este banco no tenían euros, en aquél necesitaban que abriéramos una cuenta y nos hiciéramos dos tarjetas de crédito, en el otro parecían no saber que hubiera otras divisas aparte del dinar libio… al final, logramos nuestro objetivo en el banco de un hospital. Ya, yo tampoco sé por qué allí.

Durante nuestro largo paseo, los primeros destellos de celebración se hacían visibles: unos fuegos artificiales por aquí, unas canciones revolucionarias por allá, en general mucho tráfico y mucha excitación, la gente alegre y relajada tras el fin del miedo a la Segunda Revolución. Todas, todas las calles del centro estaban decoradas hasta el absurdo en el verde, rojo y negro de la nueva bandera libia, y todas las mezquitas de la ciudad emitían la misma canción: Alá es el más grande, Alá es el más grande, nooooooo hay más dios que Alá, la misma cantinela una y otra vez, a capela. Suelen poner esta canción cuando se temen disturbios de algún tipo, en la esperanza de que este recordatorio, Dios te vigila, calme los ánimos. A mí, personalmente, me inquieta bastante, y oír la canción por todas partes, durante horas, te pone la cabeza como un bombo.


Mi calle incubando la fiestuqui.


El resto del día, así como el 17 de febrero en sí, transcurrió como una continua explosión de alegría: coches y más coches surcaban el centro de la ciudad, los fuegos artificiales explotaban sin descanso, y docenas, cientos de farolillos voladores iluminaban el cielo de Trípoli. La verdad, en China deben estar encantados con la revolución libia, todo el merchandising que lleva aparejada se fabrica allí.


Verbigracia las chapas libias Xin Yuan Xiong Zhang.


Los farolillos fueron, con diferencia, el producto estrella de las celebraciones. Por todas partes había gente prendiendo la pastilla inflamable que calienta el aire en su interior hasta que se elevan, y cientos de ellos surcaban los aires. Hamza es totalmente contrario a ellos, dice que queman el bosque. Yo aún no sé a qué bosque se refiere, en Trípoli no abundan.

Uno de esos farolillos apareció en mi casa al día siguiente, en la cuerda de tender del patio, y lo tomamos por un bonito signo de buen fario.


¡Vuela, farolillo, vuela!

El farolillo que decidió posarse en nuestro patio.



Como inconexos son mis recuerdos, ahí van deslavazados algunos de ellos:

Al lado de mi casa, un camello se pasó varias horas atado en la calle, esperando al momento de su sacrificio, que tuvo lugar allí mismo. Después nos regalaron un poco de carne, que no supimos cocinar de manera satisfactoria.

Pasé mucho rato en el Café Havana, también por aquí cerca. Había montada una gran fiesta (aunque nadie me invitó a ron), y además hice un vídeo que, pese a ser de pésima calidad, ilustra bastante bien lo que el libio medio entiende como celebración: música alta y coches en marcha, cláxones y banderas.


video



Había muchos policías y milicianos por todas partes, bastantes de ellos con flores en el cañón de sus ametralladoras. En varios puntos de la ciudad, los vecinos regalaban flores y dulces a cualquiera que pasara por allí. La mayor fiesta, por lo que oímos después, tuvo lugar en el barrio de Faslun, donde los vecinos se organizaron a base de bien para que no faltara comida, música ni (imagino) alcohol.

Sin embargo, no todo fue buen rollo en el barrio de Faslun. Meses después, conocí a un taxista de allí, y rápidamente le pregunté si de verdad había sido tan sonada la fiesta:

-      Estuvo bien… pero hubo muchas peleas, y yo me llevé este recuerdo de una de ellas…

Se alzó la camiseta y me mostró una cicatriz en la cadera, no sé si de navaja o de disparo. Las fiestas alocadas provocan peleas en todas partes, pero aquí, además, todo el mundo tiene un arma.

Me pateé la ciudad por aquí y por allá, con Hamza, con Maria Valquiria y Freimann, con Rudolf, solo. Hablé con libios, tunecinos y egipcios, con algún italiano, con jóvenes y con viejos… fue un día bonito y agotador, de hecho, fue la última vez que he celebrado con y como los libios; este día, sumado al Día de la Independencia, al día de las elecciones y algún otro par de fechas señaladas, me ha dejado sin ganas de celebrar nada con petardos y paseos en coche durante los próximos diez años.

Sin embargo, mañana es el tercer aniversario de la Revolución, y se presenta el mismo plan… ¿o no? Este año, el Día de la Independencia no atrajo a casi nadie, y mi paseo hasta la Plaza de los Mártires fue silencioso y solitario, la plaza absurdamente decorada con luces navideñas, nadie allí para disfrutarlas. La vez anterior, no cabía un alfiler en el lugar. Los libios tienen pocas ganas de festejos.

Creo que la victoria futbolística de hace unos días puede haber servido como estímulo, y, al fin y al cabo, mañana es un aniversario muy especial, el aniversario de un movimiento que cambió la historia de este país para siempre y a precio de sangre, un precio que han pagado (y pagan) muchas familias libias. Veremos cómo están las calles de la capital cuando llegue el momento.

Mañana, además, quitaré el farolillo que cayó en nuestra cuerda de tender. El sol, la lluvia y la arena no han tenido compasión de él, pero ahí sigue, doce meses después. En cierto modo, me recuerda a Libia: tras un breve y luminoso vuelo, ha quedado atascada a escasa distancia del suelo, y los elementos la han deformado, aplanado, la han hecho casi irreconocible; sin embargo sigue ahí, tozuda, negándose a caer, confiando contra toda esperanza en un nuevo vuelo, en un viento nuevo que la impulse otra vez hacia arriba. Un viento que, antes o después, llegará, como llega a todos los pueblos.


El farol anda algo desmejoradillo.


Lo que tenga que venir, vendrá. ¡Feliz 17 de febrero!



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