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miércoles, 23 de abril de 2014

Salúdame, salúdame muuuuuchooooo



Los libios, e imagino que los árabes en general, se saludan mogollón. Se saludan muchísimo. Se saludan de manera inverosímil, tanto, que seguramente no os creáis algunas partes de esta entrada.

En los saludos libios, lo importante no es qué se dice, sino cómo y cuántas veces se dice. Vamos a ver.

martes, 25 de marzo de 2014

El cliente siempre tiene la razón



Hay una cosa de Trípoli que no logro comprender: generalizando, los libios de la ciudad son majos, abiertos y serviciales; sin embargo, basta con ponerlos a trabajar cara al público para que, por medio de alguna misteriosa mutación metabólico-exotérmica, se metamorfoseen en los seres más bordes del universo. Una de las frases más comunes entre los extranjeros viene a ser algo así: "¡si es que parece que tenga que darle las gracias por comprarle algo!", y en esta ocasión no me parece un comentario fuera de lugar, sino una buena descripción.

A los hechos me remito.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Una de italianos



Para Totti, que cuando no está construyendo el juego de La Roma, se dedica a cocinar gachas.

Hamza ha hecho dos nuevos amigos europeos: Flavio y Paolo. Esta novedad, lejos de provocarme celos, me alegra sobremanera, sobre todo porque se dedican al mundillo de los negocios que a él tanto le gusta, y en el que yo tengo tan poco que ofrecerle.

Ya he coincidido con ellos un par de veces, pero la más memorable, sin duda, fue su primera experiencia con libios en su hábitat natural.

martes, 26 de noviembre de 2013

Hamza y la Ley de la Gravedad



Hace ya algún tiempo, Hamza me propuso hacer una excursión. El plan era acercarnos al pueblo del que es originaria su familia, y de paso visitar un par de enclaves “turísticos”, además de un abnormal place del que no quiso darme más explicaciones para no chafarme la sorpresa. Esto es lo que pasó.

miércoles, 15 de mayo de 2013

¡Paion, Paion!



Uno de mis primeros recuerdos de Trípoli son los disparos. Tras el primer paseo por la ciudad, y una sabrosa cena a base de pescado, estaba yo leyendo en la cama cuando los oí: tiros de ametralladora (o eso creo, en esa época no era tan experto como ahora).

Aquella noche los disparos, sumados al hecho de que en torno a las cinco de la mañana un señor me gritaba al oído que Alá es más grande, me hicieron plantearme la siguiente pregunta:

¿Qué se me habrá perdido a mí aquí?

La llamada a la oración no ha vuelto a despertarme nunca más, pero los disparos los he oído a diario durante casi un año, habiéndose reducido mucho en los últimos meses. Ahora bien, ¿a qué tanto disparar? Y lo que es más, ¿dónde acaban tantas balas?

martes, 30 de abril de 2013

El viernes, misa y paella



Todo empezó hace algunas semanas, sentados los amigos junto a la tienda de Abu, en la Calle Blanca. Uno de ellos, Ahmed, me preguntó si conocía baila.

-         ¿Baila?
-         Baila – me quedé muy confuso; la palabra baila designa en árabe al síndrome de down, y en castellano ya sabéis.
-         ¿Qué quieres decir?
-         Baila, la comida española, arroz con marisco.
-         ¡Paella! – acabáramos - ¡claro que la conozco, y bien buena que está!
-         ¿Y sabes cocinarla?
-         Hombre, pues…
-         No se hable más; el viernes que viene nos vamos a mi granja y nos comemos una paella.

Ya estaba liada. Lógicamente, no podía negarle tan pequeña cosa a mis amigos de aquí, los mismos que me llevan de paseo aunque apenas hablo, que me ayudan cuando lo necesito, y que le dan color a la rutina diaria; sin embargo, he hecho tan solo tres paellas en mi vida, y las tres con los ingredientes adecuados, sin presión mediática y con una paellera…

Como no podía ser de otra forma, me declaré entusiasmado por la idea, y rápidamente me puse a buscar una receta sencilla en internet.


viernes, 12 de abril de 2013

Hasta San Antón, Pascuas son



Estaríamos a diez de enero cuando volvía yo del trabajo a casa. Me llamó la atención un hombre que colocaba multitud de arbolitos frente a su tienda y, al acercarme más, descubrí que no eran unos árboles cualquiera: ¡eran árboles de navidad!

Como en Libia puedes hablar con quien quieras y cuando quieras (siempre y cuando no se trate de una mujer), me dirigí a él sin más:

-         ¡AsSalam aalekum!
-         Wa aalekum assalam.
-         ¿Qué haces? ¡La navidad ya ha pasado!
-         Ya lo sé, ¿por?
-         Bueno, esto son árboles de navidad.
-         ¿Esto? No
-         ¿Cómo que no?
-         Esto son árboles para el maulid.
-         ¿En maulid se ponen árboles en las casas?
-         Sí.

Efectivamente, dear acompañantes, lo de poner un abeto en el salón para llenarlo de luces y estrellitas no es una tradición centroeuropea, qué va. Eso son tonterías que nos inventamos en el mundo occidental. Los árboles de navidad son en realidad árboles de maulid.

domingo, 3 de febrero de 2013

Maqueando el piso IV


La mañana de autos me levanté a las siete de la mañana, media hora antes de la cita acordada con Haiter. Seguro como estaba de que este llegaría como pronto a eso de las ocho (Libia y los horarios, ya sabéis), me fui a desayunar al bar de abajo.

El desayuno tradicional de los bares libios consiste en lo siguiente: café, zumo de naranja o batido de frutas (fresa, mango o plátano), y como plato fuerte bien croissant con chocolate, miel y almendras, o bien sándwich de queso o atún; yo suelo decantarme por el croissant, que aquí llaman biriosh (brioche, se entiende).

Estaba apurándome el café cuando Haiter llamó, a eso de las 7:35, y no llamó antes porque no le daban la furgoneta. Piensa mal y fallarás.

sábado, 2 de febrero de 2013

Maqueando el piso III


¿Cuánto tarda uno en cambiarse de piso? No hay estudios al respecto, pero la experiencia me dice que una mañana suele bastar; sin embargo, en Libia todo lleva un ritmo diferente, y el país no pierde ocasión de recordarme que mi vida no es ni de lejos el producto de mis decisiones, sino de todo lo que hay a mi alrededor.

Fue por eso que, aunque el glorioso día de mi (in’shallah) última mudanza libia cayó en sábado, el proceso se remonta al jueves anterior.

jueves, 3 de enero de 2013

De casta le viene al galgo


Hay algo de Hamza que no sabéis, y es que tiene dos hermanos; uno de ellos, el mayor, vive fuera de Libia, pero el otro, el pequeño, vive en Trípoli.

Sandstorm II


Esta entrada es un apéndice de la original, con dos fotos que ilustran bastante bien cómo cambia la ciudad cuando hay una tormenta de arena (y todos me aseguran que aún no he visto una de verdad).


He aquí la vista desde mi azotea de Belher en un día normal y corriente:




Y aquí tenéis un día de viento loco y arena por doquier:




miércoles, 14 de noviembre de 2012

Ascazo, primo


Voy a sumarme a la iniciativa de Iván, que hace poco quiso evitar una excesiva idealización de la ciudad que describe en su blog, para lo cual le dedicó una entrada a las cosas que le tocan la moral. Tampoco en Trípoli es todo éxtasis y maravilla y, aunque asumo que el disgusto se asocia al gusto, siempre hay cosas que preferiría mandar a tralara, tralara.

martes, 30 de octubre de 2012

Buscando piso VII


Ahí seguimos, mis dear acompañantes, dale que te pego buscando un hogar. He visto unos cuantos pisos más, sobre todo gracias a que voy asumiendo mejor los métodos de búsqueda libios, es decir, le pregunto a todo quisqui si sabe de algún piso en alquiler; sin embargo, la historia más simpática no se la debo a mi recién estrenada pericia, sino, cómo no, a Hamza.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Ramadaneando IV, la prórroga


Esto está escrito a toro pasado.

La mañana de mi cuarto día de ramadán fue un momento de profunda reflexión, tema: ¿qué ilsr hago con el ayuno? Ya había pecado, pero no me resultaba tan fácil abandonarlo. Por fuerza estaba obligado a ayunar durante la mañana, ya que sería de pésima educación beber o fumar delante de mis alumnos; aparte, me parecía bastante feo llevar una dieta normal y luego cenar con la familia de Hamza. Al final opté por una decisión intermedia: un vaso de agua para desayunar, un vaso de leche y un cigarrillo para comer (lo del cigarrillo es mala idea, pero qué le voy a hacer, soy un adicto), y vida normal a partir de la cena.

Seguí esta dieta todos los días que siguieron, y no me fue mal. Pequé, sí, pero poco, así que espero no haberme ganado una condena demasiado severa en la otra vida.

Volviendo a mi cuarto día, las horas pasaron una detrás de otra, finalmente llegó la hora de cenar y me fui a casa de Hamza, un piso enorme que está a unos treinta segundos del mío. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Personajes de la Calle Blanca: Ahmed


Ahmed no es libio, es sudanés; tendrá cincuenta años, y es de las personas más simpáticas y bondadosas que he conocido en mi vida, con un punto de inocencia que, de tan tierno, da hasta un poco de pena. Hablo con él casi todos los días, ¡me apetezca o no!, y cada día me sale con algo nuevo.