martes, 4 de junio de 2013

Vaselina


Los medios libios (y este blog) llevan tiempo aventurando cuál será el alcance real de la nueva Ley de Aislamiento Político (PIL), ley que aparta de la vida pública a todo aquel que haya ocupado cargos relevantes durante la dictadura de Gadafi. La nueva normativa entrará en vigor mañana 5 de junio, y sus consecuencias, si bien relativamente imprevisibles, se adivinan muy traumáticas.

No me gusta ponerme tremendista, pero es posible que el país se haya pegado un buen tiro en el pie. Voy a intentar presentaros un análisis general del cuadro que tenemos delante.

Comenzaré por el principio: en las elecciones de julio de 2012, Libia apoyó de manera abrumadora al político moderado Mahmud Djibril. ¿Quién es este señor?

Djibril, libio formado entre Egipto y Estados Unidos, se ha dedicado principalmente a la enseñanza de Planificación Estratégica y a la Formación de Líderes, cosas ambas cuyo significado se me escapa un poco. En Libia, dirigió diversos proyectos de planificación y proyección económica durante la dictadura de Gadafi (ídem). 

Más adelante fue de los primeros políticos en apoyar la revolución del 17 de febrero, convirtiéndose después en el presidente del Consejo Nacional de Transición, la institución gubernamental de los rebeldes.

No conozco lo bastante a Djibril como para juzgar categóricamente si es un hombre íntegro o un malo maloso; lo que sí parece claro es que desempeñó un papel decente como cabeza del CNT, y que, ya en democracia, ha transmitido un mensaje moderado, conciliador y razonable. Sobre todo, sobre todo, lo que está claro es que el pueblo lo eligió a él y no a otro para formar gobierno y comenzar a redactar la constitución.

Sin embargo, los dos grandes derrotados en las elecciones (los Hermanos Musulmanes y Al Watan, el partido financiado por Qatar) se las apañaron para quitarse a Djibril de en medio. No lograron ocupar su lugar, pero sí sustituirlo por un pelele más manejable, tan manejable que acabó por romperse. Me refiero al frustrado presidente Mustafa Abushagur.

Finalmente, el cargo de Primer Ministro fue ocupado por Ali Zeidan, y en él se mantiene a día de hoy. Mi opinión sobre Zeidan aún no está muy definida, pero es posible que no tenga ni que molestarme: tras los desafortunados encontronazos con la milicia, y acosado como parece estar por buena parte del Congreso, es probable que no sobreviva al ramadán.

A todo este mareo de intrigas políticas se agrega como un tsunami devastador la aprobación de la PIL, que puede llevarse por delante a hasta uno de cada cuatro “políticos”. Esto podría ser hasta positivo en España, donde al parecer sobran bastantes, pero en Libia es casi una tragedia, ya que hay poca gente capacitada para llevar a cabo las tareas de gestión, dirección y diplomacia que tan urgentemente necesita el país. La inhabilitación masiva que se avecina, aparte de marginar a una buena parte de la sociedad libia, dejará vacíos puestos claves de la administración.

La pregunta es la siguiente: ¿quién ocupará dichos puestos?

Sería bonito pensar que una masa de gente joven, inexperta pero llena de ilusión, será la encargada de llenar el hueco; sin embargo, la respuesta que a día de hoy más veracidad presenta es otra: el pastel se lo repartirán por un lado los primos y amigos de, y por otro los mismos que, poco a poco, han ido apartando a los representantes elegidos democráticamente. Al fin y al cabo, se lo han ganado con su esfuerzo, dirigiendo o apoyando varias de las protestas que llevaron a la precipitada aprobación de la ley.

Entrando en el terreno de la pura especulación y el se dice, se comenta, en los corrillos se espera que el nuevo Presidente del Congreso (equivalente al Jefe del Estado) sea un hermano musulmán o un salafista. Otra opción es que, simplemente, se elija al congresista de más edad. En cuanto al hipotético nuevo presidente del gobierno (en caso de una igualmente hipotética renuncia del actual, Ali Zeidan), no tengo informaciones, ni fiables ni de las otras.

Sin embargo, no quiero desviarme mucho del objeto del artículo, ya de por sí difuso. Cualquier cosa que os diga puede luego ser así o todo lo contrario, y en cualquier caso no pretendo vaticinar el futuro de libia, sino tan solo hablar del teatro de marionetas en el que se ha convertido.

Hace diez meses, en las elecciones constituyentes, un partido recibió la mitad de los votos; a partir de mañana, la mitad de sus diputados, líder incluido, pueden estar fuera del congreso. 

Sin embargo, lo más grave no es el qué, sino el cómo.

Las últimas decisiones políticas no han tenido lugar tras ningún proceso de discusión democrática, sino tras un literal asalto a mano armada a las instituciones. Además, el recambio político que se dará este mes no se está buscando entre los que ganaron las elecciones, sino entre los que las perdieron.

Cuando tenía 7 u 8 años, pinté un pato de escayola para el Día de la Madre. Mi maestra me dijo que había quedado perfecto, pero luego la vi coloreándolo de nuevo, ya que, en realidad, yo no había dado ni una.

El mensaje que se está enviando hoy a la sociedad libia es una maliciosa y pervertida versión del espíritu que llevó a mi maestra a retocar el pato: sí, sí, vosotros votad lo que queráis, que ya lo arreglaremos nosotros a nuestro gusto.

Por aquí todo son loas a la Libia Libre, la gente se congratula por el ejemplar proceso electoral, abundan las promesas y las palmaditas en la espalda; paralelamente, un silencioso ejército de manos negras rediseña patrones y cambia los dibujos elegidos públicamente.

Lo que redondea la terrible paradoja es que las víctimas de los titiriteros son a la vez su más firme apoyo: me refiero al pueblo, un pueblo que exige venganza y cambios inmediatos, ignorante o descuidado del peligro que supone cambiar a gran velocidad, del peligro real de que la revolución acabe por limitarse a una dictadura de distinto color.

El futuro de Libia no es hoy más imprevisible que ayer, pero el escenario ha cambiado, y es que lo que estamos viviendo no es otra cosa que un golpe de estado; silencioso, carente de violencia, con el pueblo como principal valedor y principal perjudicado.

Hay una canción revolucionaria que dice alza la cabeza, eres un libio libre. Me temo que los libios libres deberían desviar la cabeza y mirar hacia atrás y hacia abajo, porque se diría que les están dando pero bien.

Eso sí, con vaselina.



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