lunes, 4 de febrero de 2013

La tríada gastronómica I


1 de marzo

Hoy he vivido el primero de una serie de tres encuentros con un único objetivo: determinar cuál es el plato típico más sabroso de Libia. Los instigadores de semejante competición, en la que yo soy el improvisado árbitro, se llaman Abdulsalam, Abubaker y Hisham, y los tres son alumnos míos.


Había quedado a las dos de la tarde en Plaza Argelia con Abdulsalam, el primer anfitrión. Habéis de saber que, en lo referente a horarios, los libios tienen dos costumbres muy arraigadas: la primera se reduce a  llegar tarde; la segunda consiste en llegar antes de lo acordado, llamarte por teléfono para decirte que ya están allí, y esperar que dejes lo que estés haciendo para acudir raudo y veloz a su encuentro.

Abdulsalam optó por esa segunda opción, así que tuve que calzarme deprisa y corriendo para reunirme con él. Tras un breve trayecto en coche, los tres amigos y yo estábamos ya sentados en la casa familiar de Abdulsalam, acompañados de su padre, Wachdi,  y su hijo de seis años, Wahib.

El plato a degustar era basín, una de las comidas más peculiares que he comido nunca, ya que se mastica con los dedos. La primera vez que lo comí me gustó, pero esta vez me ha encantado, quizá también porque voy aprendiendo a “masticarlo” en condiciones.

Cuando la comida es de relativa importancia (y esta lo era, ya que había un invitado forastero), todo el mundo se lava las manos por turnos en un barreño metálico fabricado a tal efecto: el que comienza la operación moja las manos del que se halle a su derecha, para lo que se sirve de una especie de tetera; el asistido se enjabona, y el asistente le va soltando agua hasta que está limpito (el agua cae en dicho barreño). Una vez lavado, el asistido le pasa barreño y jabón al hombre de su derecha, y se convierte en asistente, y así hasta llegar al que inició la operación.

Ya todos lavados, es de rigor arremangarse, porque comiendo basín te pones pringando (en Libia tienen un gesto para designar este plato, señalarse el codo, indicando hasta dónde te llenas de salsa).

En esta ocasión, el basín iba acompañado de carne de cordero, y a mí, cómo no, me tocó el trozo más grande. Esto es bueno pero a la vez es malo, porque sé que luego también me obligarán a comer basín hasta que la fuente esté vacía.

Para que veáis cómo se come el basín, os hice un pequeño vídeo; el que más activamente “mastica” es abubaker, la mano de la izquierda:


video


Ya degustando el té que sigue a cualquier ágape, tuvimos una conversación curiosa. Todo comenzó cuando Hisham se apartó a un rincón del salón para rezar, y Wahib, el niño de seis años, me preguntó si no me iba con él.

-         No, yo no rezo.
-         ¿Por qué?
-         Lorenzo no es musulmán -, le aclaró su padre. El niño me miró como si de repente me hubieran salido tentáculos.
-         ¿Y entonces qué es?
-         Soy cristiano.
-         ¡Reza, reza, que es pecado!

Todos nos reímos mucho. Al principio pensé en un adoctrinamiento contra las demás religiones, pero creo que el niño se refería al hecho de no rezar, no al de ser cristiano. De cualquier modo, la conversación no acabó ahí, Abubaker retomó el hilo.

-         Los niños no rezan hasta los diez años. Si llegados a esa edad no quieren hacerlo, se les pega – ahí debí poner cara rara, porque Abubaker se apresuró a matizar su explicación -. Hombre, no se les pega mucho, se les pega un poquito nada más.

Llegados a ese punto, me decidí a soltar una pregunta tabú:

-         ¿Y si cuando sea mayor decide que quiere ser judío, o cristiano, o algo así? – La reacción no pudo ser menos decepcionante, Abubaker puso cara de asco, y Abdulsalam soltó directamente una exclamación de disgusto, supongo que imaginándose a su hijo en semejante error moral.
-         No se puede -, me explicó Abubaker -, está prohibido. Y si alguien lo hiciera tendría que escapar a Europa o un sitio parecido, y quedaría desheredado.

Tras acabar el té, nos despedimos de Abubaker y Hisham, y padre, hijo y guiri nos fuimos a la casa en la que viven, a conocer a la hija pequeña y a bebernos el café que prepararía una madre oculta en algún lugar de la casa.

Allí me esperaba una agradable sorpresa: ¡Abdulsalam sacó los deberes de alemán para que viera si los tenía bien! Nada mejor que trabajar en mi único día libre, me hizo tan feliz…

La hija pequeña era un encanto, y se llama Messi (en árabe es un nombre de chica de lo más normal, a mí no me miréis). Estuvimos jugando bastante, y con ella y su hermano tuve una escena que me encantó: resulta que los tres estamos aprendiendo árabe (ellos en la escuela, yo con Luciano), y a los tres nos cuesta recitar el abecedario de carrerilla, así que ahí nos veis, intentando acordarnos de todas las letras, del orden correcto, corrigiéndonos los unos a los otros y al final muertos de risa. Abdulsalam nos miraba con cara extraña.

Finalmente, la pequeña nos avisó de que el café ya estaba listo; Abdulsalam se levantó y yo, tonto de mí, pensé que tenía que ir con él, así que le acompañé para descubrir con horror que estaba recogiendo la bandeja de manos de su mujer; no sé hasta dónde llegó mi ofensa (ofensa para el marido, ya que ella me sonrió de manera muy normal), en cualquier caso yo solté un tímido salam alekum y me retiré al salón.

Abdulsalam trajo el café sin dar muestras de enfado, y me hizo una confesión:

-         A mí no me gusta el café, pero por acompañarte voy a hacer una excepción

Le di las gracias emocionado, y contemplé la tacita de infumable brebaje que me esperaba. Aunque la verdad, no me supo tan malo, creo que me estoy haciendo.

A eso de las seis cogimos el coche y conversamos en el camino a mi casa, luego dimos varias vueltas alrededor de ella (cosas de Libia), y finalmente me despedí, diciendo barak-allahu-fig (que Dios te lo pague) las veces de rigor (673 más o menos).

El viernes que viene, si no hay cambio de planes, toca cuscús. Ya os iré contando.




2 comentarios:

  1. Jajaja, hola Francisco, se te echaba de menos! Pues de gachas andan más bien escasos, pero ya me ocuparé yo de que eso cambie.

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