miércoles, 10 de octubre de 2012

Buscando piso VI


Sí, dear acompañantes (con el inglés me ahorro escribir queridos y queridas), estamos en las mismas de meses atrás: buscando piso.

La verdad es que llevo en ello más de un mes; no quería comentarlo porque no era materia especialmente chistosa y/o interesante, y también porque estoy hasta los tamarindos del asunto, y temía que me diera la depresión. Sin embargo, ambas circunstancias han variado en las últimas semanas: piso no he encontrado, pero ya me he acostumbrado al asunto y no me agobia tanto, me lo tomo a guasa; en cuanto a lo otro, bueno, Libia en general y Hamza en particular se dan buena maña en teñir cualquier cosa de risas, ojoplatismo o incredulidad. 


Mi via crucis inmobiliario comenzó cuando Markus se fue para no volver. Yo solo no puedo pagar el alquiler, y es gracias a la colaboración económica de mi escuela que no paso nesecidad. Tamaña generosidad no puede ser, sin embargo, indefinida, no trabajo para una de esas empresas que te dan sueldo y dietas, así que es urgente encontrar un hogar cuyo alquiler no me deje en paños menores.

Encontrar piso en Trípoli es más difícil que encontrar tapas gratis en Donosti, os lo aseguro. Para empezar, los libios no tienen costumbre de alquilar: viven con la familia hasta que se casan, y en general no se casan si no tienen casa en propiedad. Los pocos pisos que hay en alquiler están pensados para familias, y son enormes, con lo que es difícil que te lo alquilen por poco dinero.

Mi verdadero problema, sin embargo, es la búsqueda de piso: no hay una sección inmobiliaria en el periódico, no hay páginas web, no hay anuncios pegados en las farolas y las cabinas telefónicas, bueno, de hecho no hay cabinas telefónicas; el boca a boca es la única manera de hallar algo, que un amigo sepa de alguien, preguntarle a los vecinos, ese es el loquo.com de mi ciudad. Así que a ello me puse.

Este sistema tan social y simpático es, puedo aseguraros, un auténtico rollo; quizá sería distinto si yo mismo fuera tripolitano, pero no es así, de modo que no me entero de nada si no es por medio de alguien, no obtengo citas para ver pisos si no es por medio de alguien, vamos, que me vuelvo a ver en mi papel de niño de seis años que quiere una bici, pero que sin sus padres no sabe ir a la tienda.

Por suerte dispongo de Hamza. No sé si mantiene la ilusión de montar un negocio de exportación-exportación a medias conmigo, o si simplemente me ha cogido cariño, pero el caso es que me ayuda con una solicitud pasmosa. Ha encontrado varios pisos a lo largo de estas semanas, a cual más bonito. O no.

Encontró el primero allá por junio, cuando Markus aún estaba aquí, y la idea era mudarnos ambos, aprovechando que el piso era más barato. Otras prestaciones que tenía: situado estupendamente donde Cristo perdió el gorro, dos habitaciones (una de ellas sin puerta), se entraba atravesando el salón del casero… y costaba doscientos dinares más de lo que pagábamos entonces.

Tras el ramadán ha afinado mucho más: ha encontrado varios pisos en mi misma calle, lo cual está muy bien, porque aquí ya me conocen, la zona me encanta, y lamentaría tener que irme. Bien, el primer piso es un ático con terraza y dos habitaciones, junto a la mezquita del barrio. Cuesta de nuevo mil quinientos dinares, doscientos más que el piso en el que vivo ahora.

El mismo casero ofreció algo más asequible, una habitación con mini-cocina y mini-baño en el bajo del edificio, quinientos dinares. La ventana es enrejada, y tan baja que la gente puede mirar dentro desde la calle. Además, en dicha calle hay un constante tráfico de coches, con lo que es abrir la ventana y conseguir que tu cuarto huela a taller mecánico. Cierto que no me gustaba la idea, pero parece que me han ahorrado el trance de decir que no a la mudanza, porque el casero aseguró que nos enseñaría el sitio al día siguiente, y aún estamos esperando. Hace de esto tres semanas.

El mejor piso que Hamza ha encontrado no es tal, es casa. Está en el callejón paralelo al mío (callejón se dice zanga), y es una casa baja, de una planta. Mi domicilio constaría de una habitación, sin baño ni cocina… y sin ventana. La casa en sí se cae a pedazos, y los gatos se pasan a la otra acera cuando pasan por delante, por si las moscas. Hamza dice que en dos días ponemos una ventana y un lavabo, y que podré vivir como un marqués. He declinado amablemente la oferta, porque soy un pijo muy delicado. Ni siquiera me ha tentado el alquiler: cien dinares.

Lo último que vimos fue un piso en condiciones en mi misma zanga, en un edificio de nueva construcción. Fuimos a verlo con el casero, y está muy bien, tiene cocina, baño… tras la visita nos sentamos con el casero para discutir los pormenores.

En Libia todo se habla, largo y tendido. Le dan mil vueltas a todo, me recuerdan al típico cliché de los actores, esos que hacen de, por ejemplo, repartidor de pizzas, y cuya frase es ¡pizza!, y que le dicen al director algo así como para darle profundidad a mi personaje, he pensado que reparto pizzas porque mis padres eran alcohólicos.

El caso es que Hamza y el casero hablaban sin parar, gesticulando mucho y señalando hacia diversas partes del piso. Yo les miraba y fumaba (algo muy anormal en un niño de seis años), hasta que Hamza me pidió que hablara yo. ¿Y qué quieres que diga? Di lo que quieras, no hables en árabe, habla en italiano y yo te traduzco. Al parecer, era importante que mostrara algo de independencia, no sé. El caso es que comencé a explicar que mil dinares es un buen precio, pero que al vivir solo me resultaba demasiado, que soy muy responsable y no monto fiestas, no taladro paredes ni traigo mujeres, que tal, que cual… en un momento dado noté que Hamza ni me miraba ni me escuchaba; ¡el tío estaba diciéndole al casero lo que le daba la gana, fingiendo (y muy mal) que me traducía! Para comprobar esto cambié mi discurso: que si se me había olvidado comprar azúcar en la tienda, que si en España el día festivo es el domingo y no el viernes… efectivamente, Hamza ni se inmutó. Así que nada, terminé mi intervención con un tranquilo y castellano En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, etc, etc. Y todos contentos.

No me rebajó el alquiler. A día de hoy, es probable que me mude allí, a falta de algo mejor. Cabe también la posibilidad de que tenga un nuevo compañero de piso, con lo cual no tendría que mudarme. En fin, un jaleo. El otro día se lo comentaba a mi madre, y no entendía que en un pueblucho como este (quizá fue otra la expresión) los alquileres fueran tan caros. La verdad, yo tampoco lo entiendo, sobre todo porque el resto de la vida es muy barata. Pero en fin, no me queda otra que aceptar la realidad y seguir buscando. Espero contar con vuestro apoyo en la distancia, porque o encuentro algo pronto o me las voy a ver mal: ¡aquí no hay ríos, así que no tengo ni puente bajo el que vivir!

2 comentarios:

  1. Nosotros te apoyamos...me encanta que tengas esos momentazos!!!!jajajajajaja.Me sigo descojonando!!!

    LaParda Lorenza

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  2. Madre mía!! Me despisto medio mes y por poco estás viviendo en otro país!

    Me ha encantado lo de "En un lugar de la Mancha..."

    Mucho ánimo con la búsqueda!!

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